Declaración Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza 2017

Chile

La conmemoración del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza en todo el mundo, es una oportunidad para que cada nación, cada sociedad, reflexione sobre los tipos de pobrezas e inequidades que se están generando y reproduciendo en su seno, y sobre cuáles son los caminos para superarlas.

Desde hace casi una década que América Solidaria, TECHO-Chile, la Comunidad de Organizaciones Solidarias y la Fundación Superación de la Pobreza, hemos decidido hacer esta reflexión en conjunto, de tal forma que se nutra con cada una de nuestras experiencias en materia de intervención y trabajo junto a familias y comunidades en situación vulnerable. Y también para que adquiera así la fuerza necesaria para incidir en los tomadores de decisión respecto de las materias urgentes, impostergables e inaceptables que limitan la vida de cientos de miles de compatriotas e inmigrantes que han llegado en los últimos años a nuestro país.

El 2017 nos ha planteado una difícil paradoja:

¿Hasta dónde podemos tolerar un modelo de desarrollo que ha hecho de Chile un país con indicadores sociales robustos en sus promedios, pero con enormes e inaceptables brechas de bienestar entre sus habitantes?

Estas brechas no sólo se viven en las diferencias de ingreso. Así como la pobreza, la desigualdad no se mide sólo en términos económicos, se experimenta día tras día y genera malestar y desesperanza.

Las instituciones que estamos aquí, nos hemos formado la siguiente convicción: las pobrezas en el Chile de hoy se generan en parte importante y persisten, a partir de relaciones sociales inequitativas que todos incentivamos, y que fomentan la dependencia o subordinación entre grupos sociales distintos, el asistencialismo en las políticas sociales y la segregación en diversos aspectos.

En efecto,

Chile es un país con un alto centralismo administrativo que genera desigualdad territorial, dependencia integral del centro, poca autonomía y baja disponibilidad de servicios en zonas aisladas.

La sociedad chilena reproduce prácticas que segregan a las personas en pobreza en determinados barrios o territorios, en escuelas, en centros de salud, o trabajos, y que resultan en prácticas generadoras de violencia.

Las personas son sistemáticamente excluidas de las decisiones que las afectan pese a que existen mecanismos legales que consagran la participación, porque estos no son genuinamente valorados ni respetados por las instituciones.

Y, seguimos insistiendo:  la manera en que el Estado focaliza y asigna muchos de los recursos en materia social, ha provocado que se marquen diferencias no buscadas y ha incentivado políticas asistencialistas que han terminado por estigmatizar y rotular a las personas, lo que genera mayor fragmentación en una sociedad que requiere con urgencia, mayor integración y equidad de oportunidades y experiencias.

Somos una sociedad que atraviesa una crisis de convivencia, y aunque esto ha sido diagnosticado por diversos sectores como una crisis de desconfianza hacia diversas instituciones públicas y privadas, también sabemos que dichos problemas de convivencia los generamos todos.

Nos comportamos a partir de patrones que reproducen la pobreza. Convivimos con sistemas que generan maltrato y humillación a quienes viven en viviendas en barrios segregados, a los niños y niñas que asisten al sistema escolar que reparte muy desigualmente el capital cultural de la sociedad, o a quienes acuden a los centros de salud, con calidad y oportunidades de atención muy deficientes.

El modelo de vida diferenciado por capacidad económica y pertenencia a un determinado grupo social no es sostenible como sociedad. No se trata de que seamos todos iguales, porque no lo somos. Se trata de que, a partir de nuestras diferencias, todos y todas podamos acceder a experiencias equivalentes, ojalá comunes, que nos revinculen y hagan que Chile sea uno y no varios países en un mismo país.